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    3.500 calorías sin hornillo: el sistema de alimentación en frío que Lau diseñó para el GR11

    Les Pyrénées et les montagnes 📩

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    Hay conversaciones que empiezan con una pregunta técnica y acaban revelando una filosofía entera. Esto fue lo que pasó cuando le pregunté a Lau por su mochila de comida para el GR11. Esperaba una lista de barritas energéticas y liofilizados. Lo que me contó era bastante más interesante.

    Lau —Lau La Montañas en youtube— había planificado la travesía pirenaica sin hornillo. Nada de cocinar. Nada de esperar a que hierva el agua. El jetboil se quedaba en casa. No por purismo ultralighter o como diablos lo llamemos ahora, sino por una razón muy concreta, cada gramo que no cargas es energía que no gastas, y en una ruta de varias semanas esa ecuación se acumula. La pregunta entonces no era qué cocinar, sino cómo llegar a 3.500 calorías diarias sin encender el hornillo.

    El sistema «alimentación fría» en ruta

    La base del desayuno es avena mezclada con viruta de chocolate, todo premezclado y racionado en bolsas desde casa. Cien gramos de avena rondan las 400 calorías, la viruta de chocolate las empuja hasta unas 700. Añade un batido sustitutivo de unas 200 calorías y arrancas la jornada con casi 900 calorías ya dentro antes de dar el primer paso serio del día.

    A media mañana entran los frutos secos: una mezcla de anacardos, pipas y dátiles. No es capricho. Los anacardos aportan casi 800 calorías por cada 100 gramos según Lau, los dátiles ofrecen fructosa de absorción progresiva —muy diferente al chute rápido de un gel— y las pipas dan volumen masticable, ese pequeño engaño al cerebro que ayuda a sentirse saciado. Todo va al alcance de la mano, para ir picando sin parar.

    Al mediodía, un batido sustitutivo completo. Al terminar la primera gran etapa del día, el batido deportivo: 849 calorías. Y si viene el bajón físico o mental —en caso digamos de emergencia—, Lau recurre al C4, un predeportivo con cafeína y creatina que describe como «un chute muscular y mental» para cuando la cabeza empieza a hacer más ruido que las piernas. Esto en casos excepcionales.

    Para la cena, cuscús. Especiado desde casa con sal, cúrcuma y pimienta negra —un antiinflamatorio natural que ella toma con conocimiento de causa, no por moda— y rehidratado en unos diez minutos con agua. Si hay pueblo cerca, una lata de atún. Si no, cuscús solo. Nutrida estás igual, comenta.

    El resultado es un sistema que cabe en la mochila, no depende de infraestructura, y cierra el día en torno a las 3.500 calorías que su cuerpo necesita en ruta —puntualiza aquí que cada cuerpo es un mundo y quizás tu necesites alguna caloría más o quizás menos—.

    Comer cuando no tienes hambre

    Una de las cosas que más me llamó la atención de la conversación con Lau es su disciplina con los horarios de ingesta. Cada dos horas, tengas hambre o no. Sin negociación.

    La razón es fisiológica, el cuerpo tarda entre 45 minutos y una hora en empezar a procesar lo que has ingerido. Cuando tu estómago te dice que tiene hambre, el músculo ya lleva un rato alimentándose de las reservas. Si esperas a tener hambre para comer, siempre vas un paso por detrás. Y en montaña, ese retraso se paga con fatiga, con pesadez de piernas, con esa sensación de que algo no funciona aunque hayas dormido bien y el terreno no sea especialmente duro.

    Esto, además, se entrena. Lau lo ha trabajado durante años haciendo ultras y tiradas largas en bici. El estómago, sometido al esfuerzo físico, reduce su capacidad de absorción porque el riego sanguíneo se desvía hacia los músculos. Acostumbrarlo a recibir y procesar alimentos mientras el cuerpo trabaja es tan importante como acostumbrar las piernas al desnivel. Y se hace igual, con repetición, con paciencia y saliendo a entrenar aunque no apetezca.

    La pájara que nadie te cuenta

    En algún punto de la conversación salió la historia de la caña a mitad de etapa que me eché yo un día haciendo el GR11. Una parada en un refugio, ambiente de euforia, calor de grupo. Una cerveza. Y media hora después, los músculos diciendo basta.

    No es anécdota. Es química. El alcohol provoca primero una subida rápida de glucosa que el páncreas neutraliza con insulina, generando después una caída de azúcar más pronunciada que la que había antes de beber. En un músculo que ya está trabajando cerca de sus reservas de glucógeno, ese bajón puede tardar 30 o 45 minutos en resolverse. Durante ese tiempo te sientes pesado, dolorido, mentalmente apagado. La pájara no siempre llega por no comer suficiente. A veces llega por comer mal en el momento equivocado.

    Y desde ese día, un lujo así —el de tomarme una cerveza—, lo reservo si es el caso, para el final de la jornada.

    Lo que no se ve en la báscula

    En la conversación mencionamos algo que me parece uno de los puntos más subestimados de las travesías largas: la desmineralización ósea. Investigaciones citadas en el mundo del trail y el senderismo de larga distancia han documentado pérdidas de densidad ósea incluso en personas jóvenes y bien entrenadas que llevan semanas en ruta. El mecanismo es el mismo que se ha observado en astronautas, cuando la dieta no aporta suficientes minerales, el cuerpo los extrae del hueso. Por eso los batidos con micronutrientes completos no son un suplemento de gimnasio trasladado al monte. Son la red de seguridad que cubre lo que una alimentación de campo, por bien planificada que esté, inevitablemente deja sin cubrir. Dejo aquí enlace al video en el que reaccionaba al estudio (Cómo el trekking TRANSFORMA tu cuerpo).

    El ritmo como herramienta calórica

    Hay un detalle del sistema de alimentación en frio de Lau que tiene mucho más calado del que parece. Caminar despacio de forma continua gasta menos calorías que caminar rápido con paradas. No solo porque se recorran menos kilómetros por hora, sino porque mantener el corazón en zona baja significa que el cuerpo tira principalmente de grasa como combustible, que es abundante, en lugar de glucógeno, que es limitado. En terreno técnico o con mucho desnivel el ritmo cardíaco sube inevitablemente y los hidratos pasan a ser el combustible principal. Saber esto permite ajustar la ingesta de carbohidratos según el perfil de cada etapa, no según el apetito.

    Lau perdió un kilo en toda la travesía. Solo uno. En una ruta de semanas, con el desgaste físico acumulado que eso implica, es casi un resultado de laboratorio. No fue suerte. Fue que la máquina nunca se quedó sin combustible.

    El video completo está arriba. Vale mucho la pena escucharla.

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