Abandoné el GR11 en el día 25: el diario completo
Pirineos y montaña 📩
Aquí 🔥Salí de Cabo Higuer con la intención de llegar a Cap de Creus. Más de 800 km y 40.000 metros de desnivel acumulado, después de un año entero de entrenamiento de fuerza y resistencia. Lo llamé El Dulce Desafío.
No llegué al Mediterráneo. Paré en Espot, en el día 25.
Este es el diario de esos 25 días, tal y como los fui grabando. Lo publico entero, incluida la parte del final, porque creo que la parte del final es la más útil de todas.
Los diarios que no se publican
De las travesías largas casi siempre se publica el resumen del que llega. Este es el diario del que no llegó, y por eso es más útil: aquí se ve dónde se agrieta, qué señales había y qué decisiones se van tomando cuando lo que falla no son las piernas.
En la comunidad de Travesía Pirenaica se comparte esta parte: los días malos, las retiradas, los cambios de itinerario sobre la marcha y cómo se vuelve después. Si estás preparando la tuya, leer esto antes vale más que cualquier lista de material.
Día 1: empezar cansada
Llegué a Hondarribia en un BlaBlaCar a las dos y media de la madrugada. Me dejé la cámara en el coche. Conseguí hacer un bivac al lado del faro y poco más.
El plan del primer día era ambicioso: salir hacia Vera y, si podía, encadenar hasta Elizondo. Unos 60 km. Una salvajada para un primer día, pero tenía prisa: necesitaba llegar al alto Pirineo en menos de ocho días para poder completar la travesía dentro de plazo.
Hice 30 km hasta Vera. Paré en un bar a cargar baterías y comer algo. Y de ahí seguí hasta el observatorio de aves de Lizarrieta, donde dormí a pelo, sin montar tienda.
Ya el primer día había una decisión tomada que iba a pesar durante todo el mes: el calendario mandaba.
Días 2-4: el barro, la primera ampolla y la GoPro
La etapa hasta Elizondo fue la primera que se me hizo dura de verdad. Y no por el desnivel.
Fueron 22 km de los cuales 15 eran barro. Barro, barro y más barro. Me desmoralizó bastante. Al llegar, mientras editaba el vídeo del día, la GoPro dejó de funcionar de golpe.
Los pies empezaron a hablar pronto: una ampolla en el dedo pequeño del pie izquierdo, y en el derecho una infección con una bola de pus en el dedo anular. No la pinché. Decidí dejar que se reabsorbiera sola.
En Elizondo hice compra de supervivencia: frutos secos, dos manzanas y un plátano. Al día siguiente pasaba por Burguete, donde hay supermercado, pero era domingo. Eso es exactamente el tipo de detalle que en el papel no ves y en la ruta te come.
Al llegar a Burguete llevaba 42 km y casi 2.500 metros de desnivel positivo en el día. Me había levantado a las cinco de la mañana.
Lo que me costó grabar cada día
Aquí hay una lección que me llevé y que cambió por completo mi planteamiento para el año siguiente.
Yo grababa, editaba y publicaba cada etapa el mismo día. Eso significaba llegar reventada al final del día y ponerme a trabajar. Buscar bar con wifi. Buscar enchufe. Esperar a que subiera el vídeo.
Un día llegué a Villanueva de Aezkoa a las siete y media de la mañana y no había ningún bar abierto. Me mandaron al pueblo de abajo, a 4 km. Fui, hice autostop en el último tramo, y me quedé allí hasta las dos de la tarde esperando. Sacrifiqué la etapa del día entera.
Otro día me quedé sin baterías, sin poder cargar y sin wifi. Y en un refugio me cobraron 1,50 € por conectarme para mandar un WhatsApp. Me pillé un cabreo importante.
Sumado todo: horas de luz perdidas, baterías agotadas y una carga mental diaria que no tenía nada que ver con caminar.
Días 5-9: el Pirineo cambia
De Isaba a Zuriza, y de Zuriza hacia Candanchú. Ahí empieza el Pirineo central de verdad.
Se nota en la vegetación, que cambia a una velocidad increíble: pasas de hayedos a bosques de pino rojo casi sin transición. Se nota en los perfiles. Y se nota en el cuerpo.
Hubo días buenos. Un baño en un río que me dejó nueva. Un bocadillo de tortilla en un pueblo precioso. El collado de Petrafiche camino de Candanchú pasando por Guarrinza y las Aguas Tuertas. El ibón de Estanés.
Y hubo un día que, en mis propias palabras de entonces, «fue muy épico, fue muy duro y emocionalmente me tumbó». Al día siguiente me quedé en un bar todo el día grabando y editando, sin caminar.
Ahí ya había una señal. No la leí.
Días 10-16: la parte más bonita
De Sallent de Gállego al refugio de Respomuso, que hasta ese momento fue para mí la etapa más fascinante de toda la travesía. De Panticosa a San Nicolás de Bujaruelo, con los ibones de Brazato por el camino y aviso de tormenta eléctrica encima.
Y luego Ordesa.
El día de la Cola de Caballo fue de los que justifican todo lo demás. Llegué después de una marcha entre cascadas, con equipo de lluvia puesto y quitado tres veces. Me sorprendió lo seco que estaba todo alrededor teniendo tanta agua abajo.
Esa noche dormí en Góriz. En el parque de Ordesa y Monte Perdido está prohibido hacer bivac o pernoctar libremente: tienes que ir al refugio y reservar. En la zona habilitada, dentro de la franja horaria permitida, monté mi media tienda.
Luego el collado de Añisclo, con sus paredes verticales y las cadenas que facilitan el paso, y la bajada hacia Pineta. Llegué a Bielsa con las piernas reventadas.
El olor, la ducha y Benasque
Hay una parte de la travesía larga de la que nadie habla y que es tremendamente real: hueles mal. Muy mal.
Llegué al encuentro con Tony en Benasque después de días sin ducha, con lluvia incluida por el camino, y con la sensación de que hasta los mosquitos venían, olían y se iban. Hotel, ducha y bufé libre. Uno de los mejores días del mes.
Esas paradas no son un lujo. Son mantenimiento.
Días 19-23: cuando la cabeza empieza a hablar
Y aquí es donde el diario cambia de tono.
Hubo un día muy duro, muy pesado y muy doloroso para el pie que tengo lesionado. No me tomé ibuprofeno, lo aguanté. Y ese mismo día me tocó el bajón hormonal. Ya estaba floja de cabeza, y eso acabó de rematarlo.
Poco después, a 1,8 km de terminar la etapa 23, tuve que parar a reflexionar. Lo grabé tal cual:
«Físicamente estoy bien, pero la mente me la está jugando.»
Echaba muchísimo de menos a mi gente. Quedaban pocos días para que empezara a trabajar y quería aprovecharlos con ellos. Al mismo tiempo quería seguir con la aventura que llevaba tanto tiempo persiguiendo, con el canal que empezaba a funcionar, con los compromisos que tenía con la gente que estaba detrás de la travesía.
Demasiados pensamientos a la vez, y ninguna respuesta.
No tenía ninguna gana de ir a Restanca. Ninguna. 800 metros de desnivel, un cuello, piedra. Y la cabeza diciéndome que frenara.
Las decisiones de los últimos días
Lo que hice a partir de ahí fue ir bajando el listón para poder seguir.
Bajé de cota. Cambié al itinerario del GR11.20, que va por altitudes más bajas. Elegí pista en vez de camino cuando la pista me ahorraba tiempo. Empecé a encadenar refugios libres, porque las temperaturas nocturnas habían bajado mucho y mi saco no daba para eso.
También apareció un factor con el que no contaba: cerca de Estaon unos compañeros se habían encontrado medio jabalí que se había comido un oso. Y Dorve, donde pensaba dormir, es un pueblo abandonado. La idea de encontrarme un oso yendo mal equipada y peor de ánimo no ayudaba.
Cada mañana la rutina era la misma: llegar a un punto con cobertura, llamar a Tony para que me diera el parte meteorológico, y decidir sobre la marcha.
Hubo un refugio forestal donde tosté pan al fuego y me hice acelgas con patatas, piñones y ajo. Fue una de las mejores noches. También hubo una cabaña donde no pegué ojo desde las cinco de la mañana por culpa de un caballo ruidoso.
Sacrifiqué las vistas de Aigüestortes por la pista, para llegar a tiempo. Lo apunté así en su momento: sacrificar el camino más largo y más lento.
Cuando renuncias a las vistas para cumplir un horario, ya no estás haciendo la travesía que querías hacer.
Día 25: Espot
Llegué a Espot con cinco días de margen y ninguna claridad.
Y ahí lo dejé.
Lo que aprendí
Mirando el diario un año después, hay tres cosas que veo clarísimas y que en su momento no vi:
1. La cabeza no se rompió de golpe. Se fue agrietando desde el barro del día 2. Hubo una señal en Candanchú, otra en Benasque, otra en Conangles. Cada una de ellas la leí como un mal día. No eran malos días: era acumulación.
2. Grabar y editar a diario me costó la travesía. No el rodaje en sí, sino lo que arrastraba: horas de luz, baterías, y sobre todo carga mental al final de cada jornada. Al año siguiente cambié el formato entero.
3. El material tiene que ir preparado para el final, no para el principio. Salí con un saco pensado para agosto y acabé encadenando refugios libres porque no aguantaba las noches. Eso me quitó libertad justo cuando más la necesitaba.
Y una cuarta, que no es una lección técnica: no pasa nada. La montaña no siempre te deja pasar. Pararse a tiempo es una decisión, no un fracaso.




